lunes, 19 de mayo de 2014

El regalo

—¿Que es el amor despues de todo? Pregunté.
Con sus ojos azules se sumergió en mi pensamiento, navegó por ese océano intransitable. Combatió monstruos incontrolables y feroces marejadas. No sucumbió ante el canto de las criaturas místicas que lo habitan, ni zozobró con sus tormentas. Al final, cuando llegó a aquella isla, la mas alejada del último puerto de la coraza corporal, el silencio y el he...chizo del choque de nuestras miradas se rompieron. Sacó desde dentro de su pecho un cofre rojo, mas brillante que todos los soles de todos los dias de verano juntos y mas sólido que los diamantes, lo abrió y me ofreció su contenido.
—Tomalo. No es mucho. Pero si lo aceptas podremos vivir toda la eternidad felices... juntos.

sábado, 1 de febrero de 2014

Si yo te contara.



Si yo te contara, no me conocerías aún. No sabrías de esas noches en las que mi rostro cambia de color por el juego de luz y sombras. En las que el miedo te invade todo el cuerpo.


Si yo te contara, no entenderías el lenguaje con el que me comunico con el mundo. No podrías leer mis ojos, ni escuchar mis pensamientos. Probablemente no me creerías. Las aventuras serían imaginarias y falsos los recuerdos.


Si yo te contara, nuestras noches serian de palabras y no de manos desatadas. Nuestras bocas armarían frases que se perderían en el viento, confundidas con otros sonidos intermitentes de la oscuridad en la que nos refugiamos. No existirían las marcas de dientes en nuestros cuerpos, con las que recordamos durante dias nuestros encuentros silenciosos.


Si yo te contara, seríamos dos extraños platicando. No me conocerías dia a dia, hora por hora, minuto por minuto. Mis manos estarían ocupadas haciendo señas, y la verdad las prefiero deslizandose en tu cuerpo tibio. Solo conocerías la teoría, y asi no se aprende nada. Mejor conoceme en la práctica. Asi con la experiencia. Escribe las palabras con tus uñas en mi espalda.


Olvidemos las historias del pasado y vamos a vivir juntos nuestros propios cuentos.

martes, 11 de septiembre de 2012

Demetrio y el fin del mundo


Ya había empezado la llovizna desde la mañana. Eran como eso de las siete. Demetrio se asomó por la ventana del jacal para ver si ya se había pasado. Estaba trabajando en la huerta cuando empezó. Espantado corrió a esconderse. No sabía que era pero se espantó. Le latió el corazón mas rápido de lo que nunca le había latido, y asi le seguió latiendo.

     Todo empezó a oscurecerse desde temprano. Estuvo raro porque hacía mas calor que de costumbre y el sol nomas habia salido un rato. Ya demetrio se había desayunado y andaba en la huerta cuando empezó a caer esa llovizna oscura que lo espantó. Se empezó a ver venir despacio, otra cosa rara es que no corria viento. Yo ni sabía que había pasado el caso es que asi fué. Ya cuando entró a la casa dijo:

    -“Esto no esta bien. A mi ya me dió miedo.”

  No me lo dijo espantado, o al menos en ese momento no se lo noté, pasó corriendo por aquí y se metió a aquel cuarto. Tardó rato para salir después. Ya cuando salió nomas se asomó a la ventana y vió que seguia callendo esa cosa gris de arriba, la ceniza esa que lo dejó todo tapado. Yo no le dije nada porque nos habiamos peleado el dia anterior. Me acuerdo que se oyeron unos truenos y le dije:

    - Oye Demetrio, parece que va a llover, ya esta tronando.- y que me dice:

     - “¡Solamente que vaya a llover lumbre. Vieja loca!”

   Me enojé mucho porque estaba tomando y me siguió diciendo chingaderas. Ya cuando me lleno el buche de piedritas que le grito bien encabronada:

    -¡Te va a a caer un rayo hijo de la chingada, vas a ver!

    Y que me voy a dormir.

    Por eso en ese rato no le dije nada. Nomas dejé que se le pasara porque yo pensaba que tenía calor por la cruda. Ya cuando me asomé yó vi que de a deveras se veia feo afuera y fue cuando lo vi a él, cuando le vi la cara. Se le veia el miedo en los ojos, se le estaban poniendo como cristalinos, como que queria chillar. traía la boca media abierta, primero pensé que era de la corrida que se habia echado, porque pues ya ve que la huerta esta alla abajo, si ya cuando viene uno caminando se cansa uno, ‘ora imaginese corriendo. Pero no, ya llevaba rato alla adentro cuando se asomó. Ya yo tambien me arrime a la ventana y le dije:

    - Aver si no les pasa nada a las gallinas, ya vez que este sábado es la boda de la hija de doña Juana, y me tocó hacerle el mole.

    No me contestó nada. Se le oía la respiración bien agitada. Bien que se le alcanzaba a ver como que temblaba. Si estaba bien espantado, eso si se lo digo de seguro. Y de seguro también le digo que fue por esa idea que traía desde hacía días, desde que se fue a poner la borrachera aquella con don Odilón, su compadre, que nomas sirvió para estarle metiendo las  ideas esas del fin del mundo, que disque le habia platicado que había visto en la tele, ya ve usted que allá sí tienen. Yo le dije que el compadre nomas lo quería estar fregando para que le vendiera la finca. Ya tenía semanas que le decia porque pues las otras que siguen aqui son de él, ya las había comprado, y nomas le faltaba esta, y pues el muy sinvergüenza se la quería sacar bien regalada Y pues que le empieza a decir las cosas esas, las que pasan ahí, ya ve usted que siempre es de los gringos, nomas que ahora hasta le dijo a éste que los mayas habian dicho eso, pues yo creo que para que le creyera que era cierto, ya ve que este Demetrio de todo le echaba la culpa a los gringos, que por ellos ya nadie le compraba nada de la huerta y que si se lo compraban que bien barato, pues don Odilon ha de haber dicho:

   – “Mejor ‘ora le hecho la culpa a los mayas, ni modo que el Demetrio vaya a echarle la culpa a ellos de algo, ni ha de saber quienes son.

   Y pues ahi le empezó a explicar. Y pues a éste menso que se le metió la idea. Ya andaba nomas hablando de eso. La otra vez me lo fuí a encontrar allá hablandole al cerro, no me quiso decir que le decía pero ya siempre andaba raro desde esa vez. Ya se despertaba en la noche de un brinco, ya ve usted, de esos cuando esta soñando uno con algo feo.

   Y pues ya ve que se empezaron a oir los truenos, Pues fue cuando estabamos en la ventana. Ya para ese rato ya estaba todo oscuro, Esa ceniza que no dejó de caer lo había dejado todo bien negro. Que le digo que cerrrara la ventana porque se iba a meter pa’ dentro. No me hizo caso. Se olló un trueno mas fuerte. Ahora si ya me había espantado yo tambien.

    - ¡La gallinas!- que le grito.

    - ”¡Ya deja de pensar en tus pinches gallinas!”- que me dice.

   Se veia histérico. Me espanté más. Tenía los ojos bien grandes, parecía que le iban a explotar, los tenía bien rojos de afuera y se le veian bien negros de adentro. Parecía que se le habia metido el diablo. Fué cuando se escuchó el trueno mas fuerte, hasta temblo la tierra. Del retumbadero se movieron todas las cosas que estan colgadas ahí en la pared. Los cantaros, los azadones. La maceta que tenía yo allá afuera colgada se calló y como era de barro pues que se quiebra. Fue cuando empezó a correr. Cuando se calló la maceta. Corrió por toda la casa. Se tropezó con las silla que esta ahí en la cocina, asi como esta tumbada para atras asi la dejó, no la he movido. Casi se cae en el fogón. corrió pa’l cuarto y de tan fuerte que jaló la cortina la desprendió de arriba. Agarró su sombrero. Se lo puso. Se lo empujaba fuerte contra la cabeza. seguia corriendo. Ya se le veian ‘ora si las lagrimas y cuando volvio a tronar y a temblar fue cuando se tropezó con la cortina que había dejado tirada, Yo me había quedado de piedra, nomas lo veia que corría y gritaba por toda la casa, hasta allá fue a dar cuando se cayó, no supe si en ese momento volvió a temblar o fue del golpe que que retumbó el suelo. Yo ya no oía nada, nomas vi como se levantaba. Me quedé como dormida ahí parada. Me acuerdo que tenía las manos con los dedos así, entrecruzados, pegadas a la boca, pero no escuchaba nada, nomas veía todo despacio y a Demetrio otra vez corre y corre. Se me paró enfrente y que me agarra de los hombros y que me sangolotea. Yo veía que me hablaba y que movía la boca y la movía, pero nunca le entendí lo que dijo. En las carreras le dió una patada al sombrero que se le había soltado en la caida. Ya ni se agachó a agarrarlo, salió corriendo despavorido por la misma puerta por donde había entrado cuando empezó la llovizna de ceniza; por la misma que entró el ruido de la maceta quebrada, por ésa, la que dá a la vereda. Por aquí lo ví pasar por la ventana, jalandose los pelos, lo seguí con la mirada. Lo ví cuando levanto los brazos y se los volvió a poner en la cabeza.  Lo ví cuando los volvió a levantar. Y cuando se olló el último trueno. Y luego cuando se quiso regresar.  Hasta que se agarró el pecho. Y se cayó, enroscado como camarón.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Brisa en invierno


Brisa se despertó ese día mas temprano que de costumbre. Se levanto desnuda. No intento siquiera arrimarse una sabana para cubrirse.  Se miró al espejo. Nunca se había sentido tan vieja como esa mañana.

    Se quedó mirando fijamente sus propios ojos por un rato, los vió un poco mas cafés que en días anteriores. Los grandes aros oscuros alrededor de ellos revelaban una noche de poco sueño, sin embargo el sol ya había entrado por la ventana y ella tenia ganas de levantarse. siguió inspeccionando se rostro, miró su nariz delgada y aguileña, algunas marcas del acné de juventud se asomaban detrás del maquillaje ya casi borrado por el roce de la almohada. Siguió con la mirada el contorno de su boca, la pintura embarrada alrededor dificultaba asegurar cual era el límite natural de los labios. Soltó una carcajada fugaz fruto de una autocrítica cómica: 

-“Parece que me corrieron de un circo” pensó.

   Usando un gesto de perro embravecido en actitud amenazante enseño los dientes, giró la cabeza para un lado y para otro tratando de recordar si los había cepillado antes de caer dormida pero unos restos casi imperceptibles de algún solido le dijeron que no. Amarillentos por la culpa compartida del tabaco y la higiene poco regular. 

    Bajó su mirada al cuello y vio unas manchas amoratadas, típicas en una noche de las que ella conocía. siguió con el pecho. Aquellos maravillosos y sobre dimensionados bultos que conocía se habían convertido en dos colgajos de pellejo arrastrados por la inclemencia del tiempo y de la fuerza gravitatoria. Aquellos que le habían traído tantos halagos y experiencias, de ellos solo quedaba el lugar guardado en el recuerdo. 

    Extendió los brazos y los sacudió con movimientos semicirculares de las manos. La piel se le había agrandado o los huesos se le habían encogido, cualquiera fuera el caso le hacia saber que no era la misma de antes. Su abdomen abultado ya no era capaz de recobrar su circunferencia original. Esa que la había llenado de orgullo y que tanto había cuidado. Ahora solo hacia ejercicios fugasez, pero nada le servía, no era una cuestión de voluntad o dedicación, los estragos ya estaban hechos. No alcanzo a ver mas. Se dio la vuelta y giró la cabeza, se paró de puntas para ver si aún le quedaba algo tangible de aquel bello recuerdo que tenia de ella misma, pero fué en vano, no le alcanzó la vista y le faltó estatura, porque hasta de esas cosas se estaba quedando corta, pero sobre todo le faltaron ánimos.

    Se giro de nuevo para recobra la postura original, lleno sus pulmones de aire mientras levantaba los brazos en una mala imitación de ejercicio de yoga. Mantuvo la respiración mientras estiraba todos sus músculos y cuando se le acabo la fuerza los bajo en un movimiento relampagueante y totalmente falto de resistencia, como si un conjuro la hubiera vuelto de hule; y soltó el aire poco a poco.

        Se apoyo en el lavamanos. Bajó la mirada y la fijó en el agujero del desagüe. Inmóvil se quedó pensativa un rato, no separaba la vista de ese espacio, como si su alma se quisiera escapar en un viaje repentino a alta velocidad para buscar y alcanzar aquello que recordaba y que con buenas razones creía que se había ido por ahí.

      Abrió la llave, recogió un poco de agua con las manos y la estrelló contra su cara. Sus ojos se enrojecieron y de repente soltó en llanto. Golpeó la pared con los puños, se mordió los labios ahogando todo indicio de sonido, pero por arte de magia se tranquilizó, como solo ella sabia hacerlo, como lo había hecho siempre en los momentos breves de soledad, aquellos que seguían después de los mas largos, los que compartía con extraños o conocidos a los que siempre les ofreció una sonrisa, pero con quienes nunca se sintió acompañada. Decía que nadie tendría la fortuna de verla llorar o sufrir. No levanto la cabeza, seguía mirando el mismo punto, temerosa tal vez que desapareciera, como una puerta a otra dimensión que se llevaría con ella todas las cosas que le había robado el correr de los años.
   
      Perdió la noción del tiempo que estuvo parada frente al espejo, igual que perdió la del tiempo vivido y los momentos felices. No sabia como creer en el amor o la esperanza, ni mucho menos en la religión. 

      Volvió a mirar el espejo y vio su rostro. El liquido había disuelto el maquillaje que escurría por todos lados, como queriendo escapar también de ella, se iba en dirección de ese agujero negro, caía por gotas en él, igual que lo había hecho el tiempo. Ya se asomaban mas arrugas. La pintura, todavía embarrada pero ahora ya diluida, le daba un toque de acuarela dejada a la intemperie en la que las tormentas habían cobrado su cuota.

     Finalmente cuando despejo su mente de todo pensamiento de desesperanza, abrió la boca y dijo:


       -¡Mierda!. el día de hoy mejor no salgo.

jueves, 26 de enero de 2012

La amiga desconocida.




El día de la fiesta ella llego sin invitación. Había tardado mucho en encontrarlo, todo por el hábito que tenía él de cambiar constantemente de dirección. No dejaba huellas en ningún lado, salía sin avisar y no se volvía a parar por ahí, había pisado tantos lugares, vivido en tantas tierras diferentes que ya decía que no era de ningún lugar.

     Llegó por la puerta de enfrente, vio el lugar y supo enseguida que él vivía ahí, no había nada porque dudar, tenía los colores que le gustaban, el jardín arreglado con árboles por todos lados, plantas, flores y una fuente de piedra en medio del patio. Se pregunto si estaría ahí, pero al caminar unos cuantos pasos más supo la respuesta; se escuchaba un bullicio leve pero constante, pensó que alguien se le había adelantado, pero no habría quien, ella era única. Siguió avanzando y alcanzó a ver varios rostros conocidos, pero no les puso mucha atención, pues quien le importaba era él, había caminado tanto solo por encontrarlo, siguió pistas casi disueltas por el tiempo, pisadas escondidas debajo de otras, de personas diferentes, se agachaba a olerlas como lo hacen los sabuesos; divisaba por encima de paredes de concreto y cercas de palo, brincaba alambrados de púas y vallas metálicas con punta de flecha, caminaba por el fango, por la hierba y por la arena; cuanto le había costado llegar hasta ahí, como para que se desviara a saludar a alguien más. 
 
     Se apresuro, ya estaba cerca, pareció oler su perfume, el mismo que tiempo atrás había buscado por tantos lados, el mismo que la había hecho tantas veces confundirse, terminando en casa de otra gente. Siguió caminando, cada paso era una distancia menos, y una esperanza más, abrió la puerta de madera que conducía al patio de atrás y cuando dio la vuelta a la casa vio que se trataba de una fiesta, hasta ese momento recordó, era su cumpleaños, se le había olvidado después de tanto tiempo, cumplía treinta.

     Lo encontró de espaldas y le puso la mano en el hombro.

    -hola –le dijo.

    -hola –contesto el-. ¿Nos conocemos?

    -Claro, desde el día que naciste. ¿Sabes?, siempre supe que serias difícil de encontrar, cuando trataba de cargarte te revoloteabas como lombriz –le comento con una sonrisa en los labios –Siempre tuviste muchas ganas de vivir, y mírate, treinta años después, pero pues aquí estamos otra vez, juntos. ¡Mira que te escondieron bien eh!

    -Perdona pero creo que no te recuerdo, ¿bromeas sobre eso de cargarme desde que nací, verdad?, no pareces de más de veinte. ¿Eres amiga de alguno de ellos?, ¿esto es una broma no?

     Se le notaban los ojos grandes y profundos, llenos de tristeza, parecería que hubiera sufrido todas las enfermedades del mundo. su complexión era esquelética, su cara alargada, tenia los dientes perfectos y se le alcanzaban a distinguir los colmillos afilados, blancos como la nieve, traía una especie de pañoleta negra que le cubría el cabello; en su cuello le colgaba una cadenita delgada con un dije en forma de reloj de arena, las manos huesudas y la piel pálida. Sin embargo tenía un encanto casi mágico, como si no fuera de este mundo. Se sentía conectado con ella, como de mucho tiempo atrás.

      -No, desgraciadamente no tengo muchos amigos –le contestó -y no, tampoco es una broma, vine a buscarte porque ya estoy cansada de que te escurras por donde quiera, creo que ya es tiempo de que hablemos sobre nosotros, y de que vengas conmigo.

       Un amigo se acerca.

       -¿Estas bien? –Le pregunta -hace rato que te veo hablando solo y ahora hasta me pareces un poco pálido, ¿te sientes bien?, ¿quieres que te traiga un poco de agua? –le cortó de tajo el pensamiento profundo y la inspiración de la incógnita para la siguiente pregunta. Se voltea hacia él y le dice:

       -¿Cómo que solo?, ¿que no ves con quien hablo?, ¿ustedes no se conocen? –lo empieza a invadir el miedo y la incertidumbre, se siente frustrado, confundido, ansioso.

       -¿Pero de quién hablas?, mejor le hablo a alguien más, ya me espantaste –Se retira murmurando entre dientes.
      
       -Retomemos nuestra conversación –le dijo ella-. Creo que ya es hora, solo acompáñame, ya verás que a donde vamos no es para temer.

        Le tomo la mano y sintió que estaba helada. No se resistió mucho, empezaba a comprender, sintió una especie de paz y tranquilidad.

      -Ya platicaremos en el camino –le dijo él.

      -Así es mi amigo, en el camino será.

      Le echó un brazo en la espalda, caminaron cuatro pasos y sentía que empezaba a flotar, volteó hacia atrás y se vio tirado de panza en el suelo, la gente comenzaba a correr hacia él, lo rodeaban gritando espantados, haciéndose señas unos con otros, jalándose los cabellos, histéricos. Volvió la cabeza hacia enfrente y sonrió.


jueves, 12 de enero de 2012

La Primera despedida.




– “Mi amor, ¡no te vayas!”


– “Voy a regresar pronto, espérame, vas a ver que el tiempo se hace nada, nos vamos a escribir todos los días, voy a pensar en ti cada minuto, y cuando menos nos demos cuenta vamos a estar juntos otra vez. Espérame.”

– “sabes que sería capaz de aguantar la respiración hasta que regresaras, es solo que el mundo se me va a hacer infinito con la distancia que va a haber entre nosotros. No dudo que me amas tanto como yo a ti, y sé que vas a pensar en mi de la misma manera, te adoro princesa, y cuando regreses, aquí voy a estar en este mismo lugar, para poder abrazarte otra vez, solo que entonces no te voy a dejar ir nunca más.”

    Pero las cosas no fueron así. El se quedo parado en el muelle, viendo el barco que llevaba la mitad de su vida, partir hacia el otro lado del mundo, con unos gestos de la mano se hacían señas de despedida, se mandaban besos y se decían con lenguaje de sordomudos que se escribirían todos los días, se decían lo que recordaban de último momento, lo que habían olvidado por la tristeza de la despedida, mas de una vez el quiso lanzarse al agua y nadar atrás del barco hasta alcanzarlo y escalar por alguna cuerda que algún marinero despistado hubiera dejado olvidada colgando a babor o estribor, por la proa o por la popa, darle un último beso de despedida, como si supiera de antemano que era la última vez que la veía, como si un sexto sentido de amor le advirtiera que la detuviera, que le gritara al capitán del barco que pusiera las maquinas a reversa; se imagino que habrían dejado a un miembro importante de la tripulación, algún oficial de alto rango, o algún cargamento esencial que hubiera llegado tarde, y los hiciera regresar, algún descuido, algún error, lo que fuera, pero nada paso, el barco se alejaba, sin contratiempos ni pausas, mucho menos con intención de volver, se veía cada vez más pequeño, la tarde iba cayendo, el sol se ocultaba mientras el amor de su vida navegaba lejos de él, en algún momento pensó ver la silueta de ella en cubierta haciendo señas con la mano, como despidiéndose, pero sabía que no era más que su imaginación, pues para entonces el barco ya estaba lo suficientemente lejos como para que ningún ojo humano pudiera distinguir silueta alguna, y la oscuridad del crepúsculo hacia que lo único que se viera en el horizonte fuera un punto pardo entre el océano y el cielo pintado de rojo por el sol, en un momento se quedo viendo la caída del día a lo lejos, y olvido el barco por una fracción de segundo, el mar se había pintado de un color dorado rojizo, y mil estrellas parecían surgir de las olas como chispas que aparecían y desaparecían, era una visión mágica, hermosa, como los ojos de ella, llenos de luz, llenos de alegría y de amor, llenos de esperanza y de ilusión, los recordó siempre, los recordó cada tarde que se paraba en el muelle tiempo después, con la esperanza de verla regresar, pero solo veía el atardecer, y el mar se volvía a tornar color de oro, y las estrellas del océano le volvían a llenar la memoria de recuerdos, y vivió cada tarde ese momento por el resto de su vida, el momento que le juro esperarla, el momento que le dio el último beso, en el que le entrego el alma, en que vio su silueta desaparecer en el horizonte, en que vio la tarde caer mientras el barco se perdía en la curvatura de la tierra, se paró ahí muchas veces en el mismo lugar como le prometió, muchos años, perdió la noción del tiempo, y la distancia, no había día o noche, solo atardecer, solo mar dorado, solo luciérnagas en las olas.
  Después de mucho tiempo de espera, se sentó en el muelle y despierto soñó que veía el barco venir, y desde el horizonte una vez mas creyó ver la silueta de ella, vio su belleza tan definida, estaba justo como se había ido, no había cambiado un solo razgo, ni el color de su pelo, ni la fuerza de su sonrisa; el barco permanecía en el mismo lugar de su imaginación, no se movía, pero el alcanzó a ver sus ojos, los mismos que recordaba siempre, tan brillantes como el resplandor del sol en las olas del mar que tiempo atras se la había arrebatado, del mismo color dorado del que el sol pintaba sus tardes de espera; le dio gracias a Dios por haber escuchado sus plegarias, ahora ya no le importaba el tiempo, pues ella ya estaba cerca, ya la veía venir, se se sento en la orilla, recogió las piernas, abrazó sus rodillas, agachó la cabeza para dar gracias una vez más, dijo unas palabras y esperó.