jueves, 12 de enero de 2012

La Primera despedida.




– “Mi amor, ¡no te vayas!”


– “Voy a regresar pronto, espérame, vas a ver que el tiempo se hace nada, nos vamos a escribir todos los días, voy a pensar en ti cada minuto, y cuando menos nos demos cuenta vamos a estar juntos otra vez. Espérame.”

– “sabes que sería capaz de aguantar la respiración hasta que regresaras, es solo que el mundo se me va a hacer infinito con la distancia que va a haber entre nosotros. No dudo que me amas tanto como yo a ti, y sé que vas a pensar en mi de la misma manera, te adoro princesa, y cuando regreses, aquí voy a estar en este mismo lugar, para poder abrazarte otra vez, solo que entonces no te voy a dejar ir nunca más.”

    Pero las cosas no fueron así. El se quedo parado en el muelle, viendo el barco que llevaba la mitad de su vida, partir hacia el otro lado del mundo, con unos gestos de la mano se hacían señas de despedida, se mandaban besos y se decían con lenguaje de sordomudos que se escribirían todos los días, se decían lo que recordaban de último momento, lo que habían olvidado por la tristeza de la despedida, mas de una vez el quiso lanzarse al agua y nadar atrás del barco hasta alcanzarlo y escalar por alguna cuerda que algún marinero despistado hubiera dejado olvidada colgando a babor o estribor, por la proa o por la popa, darle un último beso de despedida, como si supiera de antemano que era la última vez que la veía, como si un sexto sentido de amor le advirtiera que la detuviera, que le gritara al capitán del barco que pusiera las maquinas a reversa; se imagino que habrían dejado a un miembro importante de la tripulación, algún oficial de alto rango, o algún cargamento esencial que hubiera llegado tarde, y los hiciera regresar, algún descuido, algún error, lo que fuera, pero nada paso, el barco se alejaba, sin contratiempos ni pausas, mucho menos con intención de volver, se veía cada vez más pequeño, la tarde iba cayendo, el sol se ocultaba mientras el amor de su vida navegaba lejos de él, en algún momento pensó ver la silueta de ella en cubierta haciendo señas con la mano, como despidiéndose, pero sabía que no era más que su imaginación, pues para entonces el barco ya estaba lo suficientemente lejos como para que ningún ojo humano pudiera distinguir silueta alguna, y la oscuridad del crepúsculo hacia que lo único que se viera en el horizonte fuera un punto pardo entre el océano y el cielo pintado de rojo por el sol, en un momento se quedo viendo la caída del día a lo lejos, y olvido el barco por una fracción de segundo, el mar se había pintado de un color dorado rojizo, y mil estrellas parecían surgir de las olas como chispas que aparecían y desaparecían, era una visión mágica, hermosa, como los ojos de ella, llenos de luz, llenos de alegría y de amor, llenos de esperanza y de ilusión, los recordó siempre, los recordó cada tarde que se paraba en el muelle tiempo después, con la esperanza de verla regresar, pero solo veía el atardecer, y el mar se volvía a tornar color de oro, y las estrellas del océano le volvían a llenar la memoria de recuerdos, y vivió cada tarde ese momento por el resto de su vida, el momento que le juro esperarla, el momento que le dio el último beso, en el que le entrego el alma, en que vio su silueta desaparecer en el horizonte, en que vio la tarde caer mientras el barco se perdía en la curvatura de la tierra, se paró ahí muchas veces en el mismo lugar como le prometió, muchos años, perdió la noción del tiempo, y la distancia, no había día o noche, solo atardecer, solo mar dorado, solo luciérnagas en las olas.
  Después de mucho tiempo de espera, se sentó en el muelle y despierto soñó que veía el barco venir, y desde el horizonte una vez mas creyó ver la silueta de ella, vio su belleza tan definida, estaba justo como se había ido, no había cambiado un solo razgo, ni el color de su pelo, ni la fuerza de su sonrisa; el barco permanecía en el mismo lugar de su imaginación, no se movía, pero el alcanzó a ver sus ojos, los mismos que recordaba siempre, tan brillantes como el resplandor del sol en las olas del mar que tiempo atras se la había arrebatado, del mismo color dorado del que el sol pintaba sus tardes de espera; le dio gracias a Dios por haber escuchado sus plegarias, ahora ya no le importaba el tiempo, pues ella ya estaba cerca, ya la veía venir, se se sento en la orilla, recogió las piernas, abrazó sus rodillas, agachó la cabeza para dar gracias una vez más, dijo unas palabras y esperó.



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