jueves, 26 de enero de 2012

La amiga desconocida.




El día de la fiesta ella llego sin invitación. Había tardado mucho en encontrarlo, todo por el hábito que tenía él de cambiar constantemente de dirección. No dejaba huellas en ningún lado, salía sin avisar y no se volvía a parar por ahí, había pisado tantos lugares, vivido en tantas tierras diferentes que ya decía que no era de ningún lugar.

     Llegó por la puerta de enfrente, vio el lugar y supo enseguida que él vivía ahí, no había nada porque dudar, tenía los colores que le gustaban, el jardín arreglado con árboles por todos lados, plantas, flores y una fuente de piedra en medio del patio. Se pregunto si estaría ahí, pero al caminar unos cuantos pasos más supo la respuesta; se escuchaba un bullicio leve pero constante, pensó que alguien se le había adelantado, pero no habría quien, ella era única. Siguió avanzando y alcanzó a ver varios rostros conocidos, pero no les puso mucha atención, pues quien le importaba era él, había caminado tanto solo por encontrarlo, siguió pistas casi disueltas por el tiempo, pisadas escondidas debajo de otras, de personas diferentes, se agachaba a olerlas como lo hacen los sabuesos; divisaba por encima de paredes de concreto y cercas de palo, brincaba alambrados de púas y vallas metálicas con punta de flecha, caminaba por el fango, por la hierba y por la arena; cuanto le había costado llegar hasta ahí, como para que se desviara a saludar a alguien más. 
 
     Se apresuro, ya estaba cerca, pareció oler su perfume, el mismo que tiempo atrás había buscado por tantos lados, el mismo que la había hecho tantas veces confundirse, terminando en casa de otra gente. Siguió caminando, cada paso era una distancia menos, y una esperanza más, abrió la puerta de madera que conducía al patio de atrás y cuando dio la vuelta a la casa vio que se trataba de una fiesta, hasta ese momento recordó, era su cumpleaños, se le había olvidado después de tanto tiempo, cumplía treinta.

     Lo encontró de espaldas y le puso la mano en el hombro.

    -hola –le dijo.

    -hola –contesto el-. ¿Nos conocemos?

    -Claro, desde el día que naciste. ¿Sabes?, siempre supe que serias difícil de encontrar, cuando trataba de cargarte te revoloteabas como lombriz –le comento con una sonrisa en los labios –Siempre tuviste muchas ganas de vivir, y mírate, treinta años después, pero pues aquí estamos otra vez, juntos. ¡Mira que te escondieron bien eh!

    -Perdona pero creo que no te recuerdo, ¿bromeas sobre eso de cargarme desde que nací, verdad?, no pareces de más de veinte. ¿Eres amiga de alguno de ellos?, ¿esto es una broma no?

     Se le notaban los ojos grandes y profundos, llenos de tristeza, parecería que hubiera sufrido todas las enfermedades del mundo. su complexión era esquelética, su cara alargada, tenia los dientes perfectos y se le alcanzaban a distinguir los colmillos afilados, blancos como la nieve, traía una especie de pañoleta negra que le cubría el cabello; en su cuello le colgaba una cadenita delgada con un dije en forma de reloj de arena, las manos huesudas y la piel pálida. Sin embargo tenía un encanto casi mágico, como si no fuera de este mundo. Se sentía conectado con ella, como de mucho tiempo atrás.

      -No, desgraciadamente no tengo muchos amigos –le contestó -y no, tampoco es una broma, vine a buscarte porque ya estoy cansada de que te escurras por donde quiera, creo que ya es tiempo de que hablemos sobre nosotros, y de que vengas conmigo.

       Un amigo se acerca.

       -¿Estas bien? –Le pregunta -hace rato que te veo hablando solo y ahora hasta me pareces un poco pálido, ¿te sientes bien?, ¿quieres que te traiga un poco de agua? –le cortó de tajo el pensamiento profundo y la inspiración de la incógnita para la siguiente pregunta. Se voltea hacia él y le dice:

       -¿Cómo que solo?, ¿que no ves con quien hablo?, ¿ustedes no se conocen? –lo empieza a invadir el miedo y la incertidumbre, se siente frustrado, confundido, ansioso.

       -¿Pero de quién hablas?, mejor le hablo a alguien más, ya me espantaste –Se retira murmurando entre dientes.
      
       -Retomemos nuestra conversación –le dijo ella-. Creo que ya es hora, solo acompáñame, ya verás que a donde vamos no es para temer.

        Le tomo la mano y sintió que estaba helada. No se resistió mucho, empezaba a comprender, sintió una especie de paz y tranquilidad.

      -Ya platicaremos en el camino –le dijo él.

      -Así es mi amigo, en el camino será.

      Le echó un brazo en la espalda, caminaron cuatro pasos y sentía que empezaba a flotar, volteó hacia atrás y se vio tirado de panza en el suelo, la gente comenzaba a correr hacia él, lo rodeaban gritando espantados, haciéndose señas unos con otros, jalándose los cabellos, histéricos. Volvió la cabeza hacia enfrente y sonrió.


jueves, 12 de enero de 2012

La Primera despedida.




– “Mi amor, ¡no te vayas!”


– “Voy a regresar pronto, espérame, vas a ver que el tiempo se hace nada, nos vamos a escribir todos los días, voy a pensar en ti cada minuto, y cuando menos nos demos cuenta vamos a estar juntos otra vez. Espérame.”

– “sabes que sería capaz de aguantar la respiración hasta que regresaras, es solo que el mundo se me va a hacer infinito con la distancia que va a haber entre nosotros. No dudo que me amas tanto como yo a ti, y sé que vas a pensar en mi de la misma manera, te adoro princesa, y cuando regreses, aquí voy a estar en este mismo lugar, para poder abrazarte otra vez, solo que entonces no te voy a dejar ir nunca más.”

    Pero las cosas no fueron así. El se quedo parado en el muelle, viendo el barco que llevaba la mitad de su vida, partir hacia el otro lado del mundo, con unos gestos de la mano se hacían señas de despedida, se mandaban besos y se decían con lenguaje de sordomudos que se escribirían todos los días, se decían lo que recordaban de último momento, lo que habían olvidado por la tristeza de la despedida, mas de una vez el quiso lanzarse al agua y nadar atrás del barco hasta alcanzarlo y escalar por alguna cuerda que algún marinero despistado hubiera dejado olvidada colgando a babor o estribor, por la proa o por la popa, darle un último beso de despedida, como si supiera de antemano que era la última vez que la veía, como si un sexto sentido de amor le advirtiera que la detuviera, que le gritara al capitán del barco que pusiera las maquinas a reversa; se imagino que habrían dejado a un miembro importante de la tripulación, algún oficial de alto rango, o algún cargamento esencial que hubiera llegado tarde, y los hiciera regresar, algún descuido, algún error, lo que fuera, pero nada paso, el barco se alejaba, sin contratiempos ni pausas, mucho menos con intención de volver, se veía cada vez más pequeño, la tarde iba cayendo, el sol se ocultaba mientras el amor de su vida navegaba lejos de él, en algún momento pensó ver la silueta de ella en cubierta haciendo señas con la mano, como despidiéndose, pero sabía que no era más que su imaginación, pues para entonces el barco ya estaba lo suficientemente lejos como para que ningún ojo humano pudiera distinguir silueta alguna, y la oscuridad del crepúsculo hacia que lo único que se viera en el horizonte fuera un punto pardo entre el océano y el cielo pintado de rojo por el sol, en un momento se quedo viendo la caída del día a lo lejos, y olvido el barco por una fracción de segundo, el mar se había pintado de un color dorado rojizo, y mil estrellas parecían surgir de las olas como chispas que aparecían y desaparecían, era una visión mágica, hermosa, como los ojos de ella, llenos de luz, llenos de alegría y de amor, llenos de esperanza y de ilusión, los recordó siempre, los recordó cada tarde que se paraba en el muelle tiempo después, con la esperanza de verla regresar, pero solo veía el atardecer, y el mar se volvía a tornar color de oro, y las estrellas del océano le volvían a llenar la memoria de recuerdos, y vivió cada tarde ese momento por el resto de su vida, el momento que le juro esperarla, el momento que le dio el último beso, en el que le entrego el alma, en que vio su silueta desaparecer en el horizonte, en que vio la tarde caer mientras el barco se perdía en la curvatura de la tierra, se paró ahí muchas veces en el mismo lugar como le prometió, muchos años, perdió la noción del tiempo, y la distancia, no había día o noche, solo atardecer, solo mar dorado, solo luciérnagas en las olas.
  Después de mucho tiempo de espera, se sentó en el muelle y despierto soñó que veía el barco venir, y desde el horizonte una vez mas creyó ver la silueta de ella, vio su belleza tan definida, estaba justo como se había ido, no había cambiado un solo razgo, ni el color de su pelo, ni la fuerza de su sonrisa; el barco permanecía en el mismo lugar de su imaginación, no se movía, pero el alcanzó a ver sus ojos, los mismos que recordaba siempre, tan brillantes como el resplandor del sol en las olas del mar que tiempo atras se la había arrebatado, del mismo color dorado del que el sol pintaba sus tardes de espera; le dio gracias a Dios por haber escuchado sus plegarias, ahora ya no le importaba el tiempo, pues ella ya estaba cerca, ya la veía venir, se se sento en la orilla, recogió las piernas, abrazó sus rodillas, agachó la cabeza para dar gracias una vez más, dijo unas palabras y esperó.