El día de la fiesta ella llego sin invitación. Había tardado mucho en encontrarlo, todo por el hábito que tenía él de cambiar constantemente de dirección. No dejaba huellas en ningún lado, salía sin avisar y no se volvía a parar por ahí, había pisado tantos lugares, vivido en tantas tierras diferentes que ya decía que no era de ningún lugar.
Llegó por la puerta de enfrente, vio el lugar y supo enseguida que él vivía ahí, no había nada porque dudar, tenía los colores que le gustaban, el jardín arreglado con árboles por todos lados, plantas, flores y una fuente de piedra en medio del patio. Se pregunto si estaría ahí, pero al caminar unos cuantos pasos más supo la respuesta; se escuchaba un bullicio leve pero constante, pensó que alguien se le había adelantado, pero no habría quien, ella era única. Siguió avanzando y alcanzó a ver varios rostros conocidos, pero no les puso mucha atención, pues quien le importaba era él, había caminado tanto solo por encontrarlo, siguió pistas casi disueltas por el tiempo, pisadas escondidas debajo de otras, de personas diferentes, se agachaba a olerlas como lo hacen los sabuesos; divisaba por encima de paredes de concreto y cercas de palo, brincaba alambrados de púas y vallas metálicas con punta de flecha, caminaba por el fango, por la hierba y por la arena; cuanto le había costado llegar hasta ahí, como para que se desviara a saludar a alguien más.
Se apresuro, ya estaba cerca, pareció oler su perfume, el mismo que tiempo atrás había buscado por tantos lados, el mismo que la había hecho tantas veces confundirse, terminando en casa de otra gente. Siguió caminando, cada paso era una distancia menos, y una esperanza más, abrió la puerta de madera que conducía al patio de atrás y cuando dio la vuelta a la casa vio que se trataba de una fiesta, hasta ese momento recordó, era su cumpleaños, se le había olvidado después de tanto tiempo, cumplía treinta.
Lo encontró de espaldas y le puso la mano en el hombro.
-hola –le dijo.
-hola –contesto el-. ¿Nos conocemos?
-Claro, desde el día que naciste. ¿Sabes?, siempre supe que serias difícil de encontrar, cuando trataba de cargarte te revoloteabas como lombriz –le comento con una sonrisa en los labios –Siempre tuviste muchas ganas de vivir, y mírate, treinta años después, pero pues aquí estamos otra vez, juntos. ¡Mira que te escondieron bien eh!
-Perdona pero creo que no te recuerdo, ¿bromeas sobre eso de cargarme desde que nací, verdad?, no pareces de más de veinte. ¿Eres amiga de alguno de ellos?, ¿esto es una broma no?
Se le notaban los ojos grandes y profundos, llenos de tristeza, parecería que hubiera sufrido todas las enfermedades del mundo. su complexión era esquelética, su cara alargada, tenia los dientes perfectos y se le alcanzaban a distinguir los colmillos afilados, blancos como la nieve, traía una especie de pañoleta negra que le cubría el cabello; en su cuello le colgaba una cadenita delgada con un dije en forma de reloj de arena, las manos huesudas y la piel pálida. Sin embargo tenía un encanto casi mágico, como si no fuera de este mundo. Se sentía conectado con ella, como de mucho tiempo atrás.
-No, desgraciadamente no tengo muchos amigos –le contestó -y no, tampoco es una broma, vine a buscarte porque ya estoy cansada de que te escurras por donde quiera, creo que ya es tiempo de que hablemos sobre nosotros, y de que vengas conmigo.
Un amigo se acerca.
-¿Estas bien? –Le pregunta -hace rato que te veo hablando solo y ahora hasta me pareces un poco pálido, ¿te sientes bien?, ¿quieres que te traiga un poco de agua? –le cortó de tajo el pensamiento profundo y la inspiración de la incógnita para la siguiente pregunta. Se voltea hacia él y le dice:
-¿Cómo que solo?, ¿que no ves con quien hablo?, ¿ustedes no se conocen? –lo empieza a invadir el miedo y la incertidumbre, se siente frustrado, confundido, ansioso.
-¿Pero de quién hablas?, mejor le hablo a alguien más, ya me espantaste –Se retira murmurando entre dientes.
-Retomemos nuestra conversación –le dijo ella-. Creo que ya es hora, solo acompáñame, ya verás que a donde vamos no es para temer.
Le tomo la mano y sintió que estaba helada. No se resistió mucho, empezaba a comprender, sintió una especie de paz y tranquilidad.
-Ya platicaremos en el camino –le dijo él.
-Así es mi amigo, en el camino será.
Le echó un brazo en la espalda, caminaron cuatro pasos y sentía que empezaba a flotar, volteó hacia atrás y se vio tirado de panza en el suelo, la gente comenzaba a correr hacia él, lo rodeaban gritando espantados, haciéndose señas unos con otros, jalándose los cabellos, histéricos. Volvió la cabeza hacia enfrente y sonrió.